QUERIDO LUCILIO

 

Querido Lucilio,

¿Crees que te ha ocurrido a ti solo, y te admiras como de una cosa nueva, que en un viaje tan largo y con tanta variedad de países no consiguieras limpiarte de la tristeza y la angustia del corazón?

Es el alma que has de mudar, no el clima. Ni que traspasases la vasta mar… los vicios te seguirán donde quiera que vayas.

A uno que le preguntaba esto mismo, dijo Sócrates: «¿Qué te admira que los viajes no te aprovechen en nada, si por todo te llevas a ti mismo?» ¿Preguntas por qué esta huida no te conforta? Porque te fugas con ti mismo. Es el peso del alma el que has de dejar: sin haber hecho esto, ningún lugar te será agradable.

Cuando te habrás liberado de este mal, todo cambio de lugar te será agradable. Aunque seas lanzado a tierras lejanas, cualquier descanso te resultará hospitalario. Lo importante no es a dónde vas, sino quién eres tú que vas. Hay que vivir con esta persuasión: «Yo no he nacido para un rincón: todo el mundo es mi patria».

Si vieras esto bien claro, no te extrañarías de no encontrar bienestar en la diversidad de países, en los cuales emigras a menudo asqueado de aquellos donde antes vivías, pues estos primeros te habrían resultado agradables si los tenías todos por tuyos.

Ahora no viajas, más bien vas errabundo, y eres llevado, y cambias un lugar después del otro, siendo así que aquello que buscas, esto es, vivir bien, se encuentra en todo lugar.

(Seneca, Carta XXVIII a Lucilio)

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