*** CONTRABANDO (D.L.)

El árbol del conocimiento era el árbol de la razón.
Es por eso que su sabor
nos arrojó del Edén. Esa fruta
era para secarla y molerla hasta volverla un polvo fino,
para usar una pizca a la vez, un condimento.
Dios probablemente tenía planeado hablarnos más adelante
sobre este nuevo deleite.
Nos la comimos hasta atragantarnos,
llenándonos la boca de pero, y cómo y si,
y de pero otra vez, sin saber lo que hacíamos.
Es tóxico, en grandes cantidades: sobre nuestras cabezas
y a nuestro alrededor el humo se arremolinaba,
para formar una compacta nube que se fue endureciendo
hasta hacerse de acero: un muro entre nosotros
y Dios, Que era el Paraíso.
No es que Dios no sea razonable, sino que la razón
en tal exceso era tiranía
y nos encerró en sus propios límites, en una celda de metal pulido
donde se reflejaban nuestros propios rostros. Dios vive
al otro lado de ese espejo,
sin embargo, a través de una rendija por donde la valla
no llega a tocar el suelo, se las arregla
para colarse como una luz que se filtra,
como centellas de fuego, como una extraña música que se oye,
luego se pierde, y luego se oye otra vez.
____________________________
Denise Levertov, Contrabando –

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