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Romano Guardini

11 de agosto de 2016

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Los signos sagrados – 


La señal de la cruz —


La puerta —


El cirio —


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La primera obra de misericordia corporal:

Visitar a los enfermos


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Por Thomas M. Huckleberry [1]

La 1ª obra de misericordia corporal nos invita a visitar a los enfermos, no como un gesto de cortesía o un mero acto social, sino como una oportunidad para estar y caminar con el que sufre. Si bien es cierto que la enfermedad puede aislar y convertirnos en socialmente invisibles, la visita consuela y dignifica a los que sufren. ¿Cuántas veces un oído atento y un corazón comprensivo bastan para aliviar la angustia y la soledad del enfermo!

Se dice en el Talmud (una obra que recoge las discusiones de los rabinos sobre las tradiciones judías, costumbres, dichos etc.) que «quien visita a un enfermo le quita una sesentava parte de su dolor».

Pero «visitar a los enfermos» puede ser también una oportunidad de crecimiento para los que realizan esta obra de misericordia, en la medida en que hacerla puede contribuir al auto-conocimiento, a jerarquizar las prioridades y relativizar lo accesorio.

Porque en realidad también el que visita carga con sus propias enfermedades y heridas: de manera que en medio de nuestro sufrimiento podemos convertirnos en una fuente de vida para los demás.


El rabino Yoshua ben Leví se acercó al profeta Elías y le preguntó:

— ¿Cuándo vendrá el Mesías?

— Vete y pregúntaselo tú mismo— le respondió el profeta.

— ¿Dónde está?— Sentado a las puertas de la Ciudad.

— ¿Y cómo lo conoceré?

— Está sentado entre los pobres cubiertos de heridas. Los demás se descubren sus heridas todas a la vez y se las vendan de nuevo. Pero él se levanta los vendajes uno a uno y se los va colocando de nuevo, uno a uno, diciéndose a sí mismo: «Quizá vayan a necesitarme. Si es así, tengo que estar siempre preparado, de tal forma que no tarde un instante en aparecer».


El sanador herido cura sus heridas. Las descubre, las cura y las vuelve a vendar. Pero lo hace una a una, con calma, para poder estar libre de ir a ayudar al que está también herido y le necesita. No trata de curar todo lo que le hace falta antes de salir. Porque sabe que la necesidad de los demás podría sorprenderlo ocupado en sus propias cosas.

Siempre dispuesto a ir a ayudar. Siempre atento para ver dónde hace falta su presencia. En realidad todos somos llamados a ser ese sanador herido. Pero a veces nos ocupamos en exceso de nuestras propias heridas y no estamos en condiciones, no estamos listos para ir a curar al que nos necesita. A veces nos vemos molestos cuando nos rompen nuestros planes, cuando nos sacan de nuestra agenda, cuando nos interrumpen buscando nuestra presencia. A veces tenemos la tentación de huir a un lugar lejano y tranquilo donde nadie nos moleste.

Porque en realidad, el sufrimiento, la enfermedad o la discapacidad molestan, incomodan y nos dejan sin palabras. No es fácil estar delante o al lado de los que han perdido el futuro, sea por la desesperación del dolor o por la falta de perspectiva de curación. Y muchas veces hay también la rebeldía de quien no entiende ni acepta…

Por otro lado, para el creyente, pensar en la enfermedad como un castigo supone una angustia y aleja de un Dios que se revela como Padre y Amor. Recordemos a Job. Sufre de la pérdida de la salud, la familia y la propiedad, pero sufre también porque tiene que escuchar a quienes lo visitan que hablan de un Dios castigador.

Job es el ejemplo de quien sufre sin tener culpa alguna y se niega aceptar que su enfermedad sea el resultado de algún pecado que nunca cometió y que sus amigos tratan de presentar como justificación de su situación.

El gran teólogo Romano Guardini, en su lecho de muerte, dijo: «El día del juicio responderé a las preguntas que Dios me hará. Pero también yo le haré algunas preguntas: ¿por qué el sufrimiento de los inocentes?». En este sentido, estar en la presencia del enfermo es estar en la presencia del misterio.

La visita al enfermo necesita de tranquilidad capaz de establecer una gradual comunicación y apertura y aumentar la confianza mutua. Por otro lado, la atención del visitante también debe tomar en cuenta a los que cuidan a los enfermos: padres, hijos, familiares, amigos, enfermeras, médicos, voluntarios que durante años cuidan, alimentan o acompañan a quien no tiene fuerzas o se encuentra limitado por enfermedades que lo privan de su autonomía.

Visitar, asistir significa «escuchar» al enfermo, dejar que sea él quien guíe la relación, no hacer nada que el enfermo no consienta. El enfermo es el maestro. El visitante debe ponerse a la escucha profunda del enfermo. El visitante debe «retirarse» para hacer el espacio para el enfermo.

El término «visitar» puede hacer pensar que la obra termina con el alejarse del paciente. Pero hay un vínculo y una cercanía que se establecen y que pueden continuar a través de la oración, el interés por estar al tanto de la situación, el deseo de volver a ver al enfermo y ayudarlo en lo que necesite: comida, bebida, medicamentos, etc. e incluso la limpieza y el orden de la casa.

En Mateo 25, 31-46 el Rey se identifica con el enfermo: no con el visitante. El enfermo tiene una dignidad que debe ser reconocida, ya que es Cristo mismo. En este sentido el enfermo es «sacramento de Cristo». Lo cual exige del visitante que descubra en su encuentro con el enfermo [pobre y desvalido] un camino que pueda conducirlo a asemejarse con Cristo que «siendo rico, se hizo pobre» (2 Cor 8, 9).


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[1] Adaptado de: Luciano Manicardi, La fatica della carità — Henri J.M. Nouwen, El Sanador herido —


El cirio —

12 de agosto de 2016 — Deja un comentario

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Mírale ahí en el candelero.
Ahí en su puesto, sin titubeos ni vacilaciones, recto, puro y noble.
Nota bien cómo en él todo parece decir: «Estoy dispuesto».
Y cómo está día y noche ahí donde debe: ante Dios.
Nada de cuanto compone su ser escapa a su misión. 
Nada frustra su fin.
El cirio se entrega sin reserva.
Está para eso: para consumirse.
Y se consume cumpliendo su destino de ser luz y calor.
Pero acaso dirás: ¿Qué sabe el cirio de esas cosas? Si no tiene alma…
Es verdad. Entonces tú debes darle una.
Haz del cirio el símbolo de tu propia alma.
Haz que frente a él despierten en el fondo de tu alma las más nobles disposiciones de tu corazón: «¡Aquí estoy aquí, Señor!»
Al punto experimentarás que la actitud del cirio, tan generosa y pura, refleja tus propios sentimientos.
Acrecienta en tu alma las disposiciones que te impulsan a una fidelidad sin desfallecimientos.
Entonces dirás con verdad: «¡Este cirio —Señor— soy yo en tu presencia!»
No abandones tu lugar: persevera en él hasta el fin.
Ni andes inquiriendo razones ni motivos.
La razón suprema de tu vida consiste en consumirte en verdad y amor por Dios, como el cirio en luz y calor. 

***

Romano Guardini, El cirio [Los signos sagrados] —

La puerta —

11 de agosto de 2016 — Deja un comentario

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A menudo entramos por ella en la iglesia, y siempre nos dice algo.

¿Has comprendido ese lenguaje?

¿Para qué se encuentra ahí la puerta?

Te sorprende sin duda la pregunta, y no crees difícil la respuesta: «Pues, para entrar y salir»

Cierto. Pero la puerta hace algo más que cumplir esa finalidad trivial.

La puerta habla.

Al traspasar el umbral, escuchas su mudo lenguaje: «Ahora abandono las cosas de fuera. Entro».

Lo de fuera es el mundo, hermoso, lleno de vida y movimiento, pero también de no poca fealdad y bajeza.

Tiene cierto parecido con la plaza del mercado: todos corren por aquí y por allá en espantosa confusión.

No le llamemos «profano», pero algo de eso lleva en sí el mundo.

Por la puerta entramos en un lugar separado de la plaza, silencioso y sagrado: el templo.

Todas las cosas son —a la verdad— obra y don de Dios, y dondequiera podemos hallarle.

Todas las cosas las hemos de recibir como venidas de su mano y santificarlas con sentimientos religiosos.

Sin embargo, de siempre sabe el hombre que ciertos lugares están especialmente consagrados y reservados para Dios.

La puerta se encuentra entre el mundo exterior y el mundo interior.

Entre la plaza y el santuario.

Entre lo que pertenece al mundo entero y lo que está separado para Dios.

Y al atravesarla, parece decirte: «Deja fuera lo que no pertenece al lugar adonde entras: pensamientos, deseos, preocupaciones, curiosidades y cosas vanas.

Deja fuera todo lo profano.

Purifícate, que la tierra que pisas es sagrada»

No pases por la puerta apresuradamente.

Con toda calma habías de atravesarla, abriendo el corazón, para que perciba lo que ella le habla.

Pero la puerta dice algo más.

Observa cómo al pasar por ella involuntariamente levantas cabeza y ojos.

Elevas la mirada y la extiendes por el interior del templo: el pecho se dilata y el alma parece agrandarse.

Lo alto del templo simboliza la eternidad infinita: el cielo donde Dios tiene su morada.

Más altas son, ciertamente, las montañas, e inmensa la región azul, pero todo eso es abierto, sin delimitación ni forma, mientras que éste es un recinto reservado a Dios, hecho y configurado para Él.

Lo están diciendo las esbeltas columnas, los anchos y fuertes muros y la alta bóveda.

Sí, ésta es casa de Dios, mansión del Señor por manera especial e íntima.

Y quien te introduce en este misterioso espacio es la puerta:

«Desecha toda mezquindad —nos dice— deja toda estrechez e inquietud.

Fuera de ti todo cuanto te oprime.

Levanta el corazón. Levanta la mirada. Deja libre al alma.

Templo de Dios es éste, e imagen de ti mismo.

Porque en cuerpo y alma eres templo vivo de Dios.

Dale amplitud, dale libertad y altura».

«¡Levántense, portones!

¡Ábranse, puertas eternas, para que entre el Rey de la gloria!»

No cierres los oídos a esa voz de la puerta.

¿De qué sirve una casa de piedra y madera,

si tú mismo no eres casa viva de Dios?

¿A qué vienen puertas de alta bóveda y hojas de bronce,

si en ti mismo no hay puerta por donde entrar el Rey de la gloria?

***

Romano Guardini, La puerta [Los signos sagrados] —

La señal de la cruz —

11 de agosto de 2016 — Deja un comentario

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Cuando hagas la señal de la Cruz, procura que esté bien hecha.
No tan de prisa y contraída, que nadie la sepa interpretar.
Una verdadera cruz: pausada, amplia, de la frente al pecho, del hombro izquierdo al derecho.

¿No sientes cómo te abraza por entero?

Haz por recogerte: concentra en ella tus pensamientos y tu corazón, según la vas trazando de la frente al pecho y a los hombros, y verás que te envuelve e en cuerpo y alma, de ti se apodera, te consagra y santifica.

¿Y por qué?

Pues porque es signo de totalidad y signo de redención.
En la Cruz nos redimió el Señor a todos, y por la Cruz santifica hasta la última fibra del ser humano.
De ahí el hacerla al comenzar la oración, para que ordene y componga nuestro interior, reduciendo a Dios pensamientos, afectos y deseos.
Y al terminarla, para que en nosotros perdure el don recibido de Dios.
Y en las tentaciones, para que El nos fortalezca.
Y en los peligros, para que Él nos defienda.
Y en la bendición, para que, penetrando la plenitud de la vida divina en nuestra alma, fecunde cuanto hay en ella.

Considera estas cosas siempre que hicieres la señal de la Cruz.
Signo más sagrado que éste no le hay.
Hazlo bien: pausado, amplio, con esmero.
Entonces abrazará él plenamente tu ser, cuerpo y alma, pensamiento y voluntad, sentido y sentimientos, actos y ocupaciones.
Y todo quedará en él fortalecido, signado y consagrado por virtud de Cristo y en nombre de Dios uno y trino.

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Romano Guardini, La señal de la cruz [Los signos sagrados] —