El milagro de Apolonio de Tiana —

22 de septiembre de 2016 — Deja un comentario

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Hoy casi nadie recuerda a Apolonio de Tiana, pero en su época (los siglos I y II) su fama fue inmensa y se le atribuyeron muchos prodigios. Flavio Filóstrato, escritor griego algo posterior, escribió una Vida de Apolonio en la que nos narra uno de sus milagros.

Al principio del siglo II, una grave epidemia asolaba Éfeso. Tras intentar inútilmente muchos remedios, los efesios se dirigieron a Apolonio, quien acudió a Éfeso y les anunció la inmediata desaparición de la peste: Hoy mismo pondré fin a esta epidemia que los abruma.

Condujo al pueblo a uno de los teatros donde se levantaba una estatua en honor del dios protector de la ciudad y ahí vio a un mendigo vestido de harapos repelentes.

Tras colocar a los efesios en círculo en torno a ese miserable, Apolonio les dijo: Tomen tantas piedras como puedan y arrójenlas sobre este enemigo de los dioses.

Los efesios se preguntaron adónde quería ir a parar Apolonio. Les escandalizaba la idea de matar a un desconocido manifiestamente miserable que les pedía suplicante que tuvieran piedad de él.

Pero Apolonio insistía e instaba a los efesios a lanzarse contra él, a impedir que escapara.

Tanto habló en su contra que alguno creyó ver una mirada encendida en el mendigo, como la de un demonio, y entonces arrojó la primera piedra y luego otro lo hizo hasta que los efesios, convencidos de que tenían que habérselas con un demonio, lo lapidaron con tanto ahínco, que las piedras arrojadas formaron un gran túmulo alrededor de su cuerpo.

Pasado un momento, Apolonio los invitó a retirar las piedras y contemplar el cadáver del animal salvaje al que acababan de matar.

Una vez liberada la criatura del túmulo de proyectiles, comprobaron que no era un mendigo.

En su lugar vieron una bestia que se asemejaba a un enorme perro de presa, tan grande como el mayor de los leones.

Allí estaba, ante ellos, reducido a una masa sanguinolenta por sus pedradas y vomitando espuma como un perro rabioso.

En vista de lo cual se alzó una estatua a Heracles, el dios protector de Éfeso en el lugar en que se había expulsado al espíritu maligno.

Y así fue como desapareció la peste de Éfeso.

***

René Girard, quien estudia este relato en su libro Veo a Satán caer como el relámpago, define como el horrible milagro, el haber desencadenado un contagio colectivo tan intenso que acaba polarizando a toda la población de la ciudad contra el infortunado mendigo.

Ninguno de los efesios rompe ese contagio colectivo pues hubiera caído con el mendigo, como un cómplice del demonio.

Una masa no puede escindirse.

Para eso —en lugar de desahogarse con pulsiones irracionales— tendría que reflexionar, tomar decisiones éticas, ponderar, limitarse.

Pero cuando una masa histérica actúa para liberarse contra una víctima única, su furia o su escarnio son imbatibles.

Una vez que la infortunada víctima ha quedado aislada, privada de defensores, nada puede protegerla ya de la masa desenfrenada. Todo el mundo puede encarnizarse contra ella sin temor a represalia alguna.

Los efesios —manipulados por el mago— mataron al mendigo, pero no enfrentaron realmente la peste de la ciudad.

***

El Submarino, Lectio Divina —


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