La séptima obra de misericordia espiritual —

14 de septiembre de 2016 — Deja un comentario

orar


La séptima obra de misericordia espiritual:

Orar a Dios por los vivos y por los difuntos


 Versión imprimible

Por Thomas M. Huckleberry [1]

La séptima obra de misericordia espiritual. La ultima de las siete. Es la obra que va más lejos que las demás obras de la misericordia.

Las demás obras espirituales o corporales son para servir a los hombres. Y a menudo las obras de misericordia espirituales son para hablar [acerca] de Dios a los hombres. Pero muchas veces eso no es posible. Porque no hay condiciones para hacerlo. O porque es inútil. Porque el otro no escucha. Entonces muchas veces hay que pasar de «hablar a los hombres sobre Dios» a «hablar a Dios sobre los hombres».

La imitación [falsificación] de esta obra de misericordia sería una oración superficial. La oración auténtica requiere amor: un movimiento hacia el otro que pasa por el diálogo con Dios. No hablamos aquí sobre la oración en general: el tema de esta obra de misericordia no es la oración en sí, sino «rogar a Dios por los vivos y por los difuntos». O sea se trata de la oración de intercesión.


A orar por nosotros nos impulsa la necesidad. A orar por los otros, la caridad.

San Juan Crisóstomo


Nosotros podemos orar por los demás sin caridad, distraídamente, como sucede muchas veces p.e. en las peticiones de la oración universal. Repetimos las palabras, sin ninguna participación real. Sin que nos cueste nada o nos comprometa a algo. Es un acto estético. Muy superficial. Oramos por alguien, pero luego no nos interesa tanto.

En esta obra debemos involucrar el corazón. Esta obra es invisible. No se ve. Para la oración de intercesión se necesita amor, porque las gracias pasan por el amor. Porque lo que pedimos no tiene otro canal. El mundo es salvado por el amor. Todas las cosas que hacemos —sin amor— no valen tanto. Esta obra debe partir de las entrañas de nuestro ser.

Orar por alguien es olvidarme de mí: es centrar toda nuestra atención en la necesidad del otro. Es un acto invisible, por el que quizá nadie nos agradecerá.

Esta obra surge en nosotros cuando constatamos nuestra impotencia. Cuando constatamos que no podemos hacer más.

Para entenderlo es muy útil pensar en el caso de los papás. Los papás deben hacer muchas cosas por sus hijos. Y todas las obras de la misericordia pueden ser entendidas en clave parental. Los papás dan de comer a los hambrientos, dan de beber a los sedientos, visten al desnudo, visitan a los presos, asisten a los enfermos, acogen a los peregrinos, entierran a los muertos, dan consejos al que lo necesita, enseñan a los que no saben, corrigen a los que yerran, consuelan a los tristes, perdonan las ofensas, soportan los niños molestos, etc. etc. Pero llega un día en que el papá/la mamá descubre que ya no puede hacer nada por su hijo. O más aún: descubren que podrían hacer algo, pero que no lo deben hacer. Porque el hijo debe crecer. Debe llegar a ser autónomo. Porque hay que respetar su libertad.

Muchos no pasan a esa fase más noble de aceptar que no debes hacer nada por tu hijo, sino sólo orar. Sin anunciarle, sin echárselo en cara. Puro amor. Cuando se llega a ser papás plenamente, hasta el extremo. Y esto implica aceptar nuestra impotencia.  O sea aceptar que tenemos nuestros límites.

Hay cosas que sólo Dios puede hacer. No nos toca a nosotros convencer los corazones. Cuantas veces, en lugar de ponernos a orar, hemos forzado las obras.  Debíamos ponernos a orar. Y en cambio hemos seguido haciendo y diciendo cosas que no debíamos decir o hacer. Qué difícil es aceptar ser criaturas. La oración es una acción típica de una criatura hacia su Creador. De un pequeño hacia su punto de referencia, la fuente de la vida. Un ser limitado, mortal, ante el Eterno omnipotente.

Pero muchas veces no llegamos a esta obra porque no aceptamos decir: «aquí termino yo, aquí me detengo». Cuantas veces arruinamos nuestra vida por intervencionismo. Aquí no decimos que no podemos hacer todo lo que debemos hacer. No se trata de buscar hacer lo menos posible. Porque existe otra forma de falsificar esta obra de misericordia: orar por alguien cuando podemos hacer algo por él. Esto es absurdo. Eso es inaceptable. Saber que podemos ponernos a solucionar el problema de una persona y en lugar de eso decir: «yo oro por ti».

Podemos pasar de una oración distraída a una oración amorosa que se pregunta si se puede o se podía hacer algo. Y cuando encuentra su límite se convierte en un grito hacia Dios, un llanto ante Dios, un suplica, una relación con Él.

Todo eso implica la fe y el sacerdocio [bautismal] de los fieles. Cada cristiano [en virtud de su bautismo] tiene acceso al corazón de Dios y puede interceder por los hermanos. Sabemos que de oración vive la Iglesia.

[La patrona de misiones es santa Teresita, que nunca salió del monasterio, pero oraba. Porque entendía que el corazón de todo es el amor. Y ser amor, estar en contacto con el amor, es fundamental.]

En esta obra, por lo tanto, está la substancia de todas las demás obras. Es lo invisible de las otras obras. ¿Qué son las demás obras si no vienen de la oración? Si falta la relación con  Dios, a las demás obras les falta profundidad. No hay un corazón detrás. Se pueden hacer las obras sin amor. Es el tema de 1 Cor 13. Podría dar mi cuerpo y todos mis bienes, pero no tengo el amor. Necesito el amor para las obras. Para que no sean frías, impersonales, ajenas a mi corazón y a mi vida, sin que me interese la vida del hermano. No podemos hacer obras de misericordia corporales, sin la séptima obra de misericordia espiritual.

Pero tampoco podemos hacer las otras seis obras de misericordia espirituales, sin oración, sin haber orado, sin haber estado en la presencia de Dios, sin habernos puesto  en los zapatos de otro. Si no oramos, nuestras obras de misericordia serán caricaturas, imitaciones baratas.

Las obras de misericordia si no nacen de la intimidad con Dios, si no nacen del secreto entre nosotros y Dios, no tendrán la profundidad. Las obras de misericordia corporales y espirituales tienen necesidad de la invisibilidad de la oración. Si yo no vengo de esta relación que es la relación que me da el ser y que me da el amor, y como hijo/a pido al Padre aquel amor que es el Espíritu Santo, ¿cómo podré aconsejar a los que nos saben o corregir a los pecadores… etc. etc.?

¿De dónde vienen las obras de la misericordia corporales y espirituales? Son obras humanas tocadas por lo divino. No son activismo. Son lo que sólo Dios puede hacer en nosotros. Sólo la oración es el secreto, el lugar de nuestra relación con Dios. Y cuando llegamos al prójimo, llevamos a Dios con nosotros: a nuestra relación con el prójimo. Si yo hablo con Dios sobre los demás, les llevaré a Dios a los otros. Y lo que yo hago, sin necesidad de palabras, por sí mismo se convierte en anuncio, se convierte en evangelización. Porque vengo del Amor. Vengo de la realidad invisible de Dios.

En nuestra vida cristiana no es prioritario el qué sino el cómo. Lo más importante es cómo hacemos las cosas. Porque las cosas pueden ser grandiosas, pero no de Dios. Y pueden ser pequeñas, y ser de Dios y cambiar el mundo.


Una comunidad cristiana vive y existe por la intercesión mutua de sus miembros, o colapsa. Ya no puedo condenar u odiar a un hermano por el cual oro, ni importa cuántos problemas me cause. Su cara, que hasta aquí me pudo haber sido extraña e intolerable, es transformada en la intercesión en el rostro de un hermano por quien Cristo murió, el rostro de un pecador perdonado.

Este es un descubrimiento que alegra al cristiano que comienza a orar por otros. De nuestro lado ya no hay disgusto, tensión personal, no hay desavenencia que no pueda ser superada por la intercesión.

La oración de intercesión es un baño purificador en la que el individuo y la comunidad deben entrar todos los días. El problema que experimentamos con nuestro hermano en intercesión puede ser difícil, pero el problema tiene la promesa de que alcanzará su objetivo.

¿Cómo sucede esto? La intercesión no es otra cosa que traer a nuestro hermano a la presencia de Dios, verlo bajo la cruz de Jesús como un pobre ser humano y pecador que necesita gracia. Entonces todo lo que hay en él que nos repele, se desvanece: lo vemos en toda su miseria y necesidad. Su necesidad y su pecado se vuelven tan pesados y opresivos que no podemos hacer otra cosa que orar: Señor, sólo Tú, trata con él de acuerdo a tu misericordia y tu bondad. Interceder significa otorgar a nuestro hermano el mismo derecho que hemos recibido, es decir, pararse frente a Cristo y compartir en su misericordia.

Esto nos aclara que la intercesión es también un servicio diario que debemos a Dios y al hermano. Aquél que niega a su prójimo el servicio de la oración, le niega el servicio de un cristiano. Es claro, además, que la intercesión no es general y vaga, sino muy concreta: se refiere a personas específicas, problemas específicos y por lo tanto peticiones específicas. Entre más específica es mi intercesión, también se vuelve más promisoria.

La intercesión es un regalo de incalculable valor que Dios nos da, que nosotros debemos aceptarlo con gozo.

Dietrich Bonhoeffer


 Versión imprimible


[1] Adaptado de: Luciano Manicardi, La fatica della carità —


No hay comentarios

Be the first to start the conversation!

Puedes dejar un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s