La sexta obra de misericordia espiritual —

12 de septiembre de 2016 — Deja un comentario

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La sexta obra de misericordia espiritual:

Soportar con paciencia a las personas molestas


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Por Thomas M. Huckleberry [1]

Soportar con paciencia a las personas molestas se conecta con la obra anterior la de perdonar las ofensas. Pero aquí se trata de una actitud. Las personas molestas no entran en la categoría de las personas que necesitan de nuestro perdón. Son personas que nos molestan, que nos hacen pesada la vida. Pero las molestias de las que habla esta obra de misericordia no implican directamente la maldad de las personas que nos resultan molestas. Muchas veces las personas molestas lo son de manera involuntaria: por su enfermedad, porque están dañadas psicológicamente, porque no se bañan, porque nos corrigen, porque cumplen su deber (un tránsito), porque su estado de ánimo es incompatible con el nuestro (a menudo nuestra alegría resulta insoportable para quien lleva dentro una pena; o nuestra depresión resulta molesta para quien se está esforzando en mantenerse equilibrado anímicamente).

 ***

Hay un texto que nos puede ayudar a introducirnos en esta obra de misericordia. Está tomado de las Florecillas de san Francisco de Asís, donde San Francisco le explica al fray León en qué consiste la alegría perfecta:


Cuando lleguemos al Convento de Santa María de los Ángeles, empapados por el agua y helados por el frío y cubiertos de barro y afligidos por el hambre y llamemos a la puerta del lugar y el portero vendrá enfadado y nos dirá: «¿Quiénes es?». Y cuando digamos nosotros: «Somos dos de sus hermanos». Y él contestará: «Mienten; son dos bribones que andan por el mundo engañando y robando las limosnas de los pobres; fuera de aquí»; y no nos abrirá y nos hará quedar fuera, en medio de la nieve, del agua y del frío y con hambre hasta que sea de noche; entonces, si a tanta injuria, a tanta crueldad y a tantos vituperios nos sostenemos pacientemente sin turbarnos y sin murmurar de él, pensando humilde y caritativamente que aquel portero verdaderamente nos conoce y que Dios le hace hablar contra nosotros, ¡oh, fray León!, en esto estará la verdadera alegría.

Y si perseveramos llamando a la puerta y sale él turbado y como a delincuentes inoportunos nos eche con villanías y con bofetadas, diciendo: «Largo de ahí, ladronzuelos vilísimos; que aquí no comerán vosotros ni se albergarán», y nosotros lo sostendremos pacientemente y con alegría y con amor, fray León, escribe que en esto habrá perfecta alegría.

Y si urgidos por el hambre, por el frío y por la noche volvemos a tocar y llamemos y  roguemos por amor de Dios con gran llanto que nos abra y nos meta dentro, y aquél, escandalizado, diga: «Éstos son bribones inoportunos; ya les daré la paga que merecen», y sale fuera con un bastón nudoso y cogiéndonos por el capuchón nos eche al suelo sobre la nieve y nos golpee duramente; si entonces nosotros sostenemos todas estas cosas con alegría, pensando en las penas de Cristo bendito que debemos sostener por su amor, ¡oh, fray León!, escribe aquí se hallará la perfecta alegría.


La pregunta es la siguiente: ¿Quién es «molesto» en esta historia? ¿Los dos frailes que tocan buscando con insistencia un lugar donde protegerse del frío y de la noche? ¿O quien no los quiere recibir poniendo pretextos y sin escuchar razones? O sea: ¿Cuándo una persona nos resulta insoportable? ¿Por qué un determinado comportamiento de una persona nos molesta?

Cuando sentimos la molestia en la presencia de alguien y esa persona nos resulta insoportable, ahí se da también una revelación (manifestación) de nosotros mismos a nosotros mismos. El motivo por el que percibimos a una persona como molesta pueden ser simplemente los sentimientos egoístas o racistas o de miedo o de rechazo o prejuicios que hay en nosotros.

O sea que debemos estar conscientes de que a menudo esas personas molestas somos nosotros. Personas molestas para los demás. Y molestas para nosotros mismos. Insoportables para los demás. E insoportables para nosotros mismos.

Y entonces esta obra se aplica de muchas maneras.  Y ya nos damos cuenta de su importancia para la convivencia social.

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Etimología

La palabra soportar viene del latín supportare compuesta de sub (debajo) y portare (llevar) = llevar sobre sí un peso o una carga.

Tener (sostener) encima un peso o algo que pesa de manera que no se caiga o se tambalee. Sostener pacientemente el sufrimiento relacionado con el hecho de ser objeto de algo que nos hace sufrir.

Las personas molestas (de mole = masa, peso, carga, cosa muy pesada y voluminosa). Las personas pesadas, que son insostenibles, insoportables.

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Negación de esta obra

Por un lado tenemos la negación de esta obra = la impaciencia. Y es un tema importantísimo. La impaciencia es algo muy dañino para nuestra vida. O sea esta obra enseña algo insustituible. Sin paciencia no se puede vivir.

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Imitación (caricatura, falsificación) de esta obra

El verdadero problema no es la negación de esta obra, sino la imitación (mal conseguida) de ella. Cuando nosotros creemos haberla cumplido, pero en realidad no la hemos realizado para nada.

La imitación (pirata) de «soportar pacientemente a las personas molestas» es el «tolerar a las personas molestas». Sustituimos lo uno con lo otro.

Con esta obra no se puede mentir. Si uno la hace de manera exterior («de dientes para afuera»), pero por dentro está hirviendo, tarde o temprano explota. O se tiene paciencia verdadera o simplemente esperamos que el otro acabe, y si el otro no acaba, tarde o temprano explotamos. Entonces no es tolerancia. No podemos confundir la paciencia con la tolerancia.

Tolerar quiere decir aguantar la molestia de alguien y sobrevivir. Tolerar se dice p.e. de un veneno. Tolerar el veneno.

Soportar es sostener. No es lo mismo: «yo te tolero» y «yo te sostengo».

Pero humanamente, ¿Quién puede sostener la molestia del otro? ¿Quién puede sostener la insoportabilidad del otro? Parece que esta obra requiere un esfuerzo sobrehumano. Necesitamos una fuente muy distinta para este acto tan generoso que es esta obra de misericordia.

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Hay que señalar que en nuestro uso común soportar y tolerar significan lo mismo.

Pero en esta obra de misericordia soportar [con paciencia] se convierte en sostener, recibir al otro y en un sentido ocuparse de él. ¿Cómo se hace eso? ¿Cómo se hace para tener paciencia para con quien es molesto, desagradable?

La clave será siempre nuestra relación con Dios. Es necesario siempre partir de allí. Será la cuestión de ver el plan de Dios.

No se trata de decir: no me molesta, no me desagrada. No: es molesto, es pesado, es latoso. Esta es la realidad. No se trata de cubrir al otro con un barniz de irrealidad: «es un placer». ¡¿Pero qué placer?! Es algo que me desagrada, que molesta, que me saca de mis casillas. «Estaba haciendo algo y tú me estás interrumpiendo». «No logro hacer las cosas bien porque me molestas, me pones un peso encima, me fastidias».

No se trata de negar eso. Aquí hay que ir a algo mucho más noble.

***

La viuda inoportuna

Es muy interesante saber que la molestia puede ser hecha también con razón o sea  legítimamente. En Lc 18 se habla de la viuda inoportuna, la viuda molesta, que pide justicia a un juez inicuo. El cual no quiere hacerle justicia. Pero esta mujer es así de insistente, así de molesta, que al final el juez inicuo cede, se rinde y le hace justicia.

Si en la vida nos hemos topado con alguien que realiza una obra muy santa y muy buena, alguien que sirve a los pobres, alguien que ayuda a los marginados, muy frecuentemente nos encontramos con personas –como muchas veces son los santos– bastante insistentes, bastante tercas, que aman tanto a las personas a las que sirven que no dejan de perseguir la presa e insisten hasta que no obtengan lo que necesitan para sus pobres o para su causa.

Son personas que saben ser molestas, objetivamente molestas, hasta que el otro no abra el corazón. Muchas veces hemos encontrado personas tenaces en hacer el bien hasta la molestia, hasta obtener quizá de personas muy indiferentes un bien para alguien.

Entonces la molestia a veces es incluso santa, incluso oportuna. Todos nosotros en algún momento tuvimos que reconocer que esa persona que insistía tanto en pedirnos algo tenía razón en hacerlo; que quería interrumpir el curso de nuestra jornada, y al fin resultó bello que nos lo interrumpiera.

Un niño sabe ser molesto. Pero es justo que lo sea. Es un niño. Debe buscar nuestra atención. Los adolescentes saben ser molestos. Pero es justo que lo sean. Buscan paternidad, buscan amor, buscan atención, buscan sabiduría. Y es justo que lo hagan.

***

Entonces aquí se trata de hacer una obra curiosa. Transformar las personas que son molestas -sin lugar a dudas y sin justificación, en enviados de Dios. En personas que Dios nos envía. Personas que Dios permite que lleguen a nuestra vida para que nosotros, de jueces inicios, nos convirtamos en jueces generosos. Se trata curiosamente de transformar cada persona molesta en una viuda inoportuna.


Recordemos que esa persona molesta (para los demás y para nosotros) podemos ser perfectamente nosotros mismos, con nuestras incongruencias, incoherencias.  Esa persona molesta puede ser también Dios mismo, cuyo designo de salvación queda inconcluso y eso nos molesta. 


***

Somos soportados por Dios

En realidad una persona molesta me pide que yo interrumpa el curso de mis actividades. Lo que particularmente nos molesta es que nosotros tenemos un ritmo, tenemos un plan, una agenda, un horario. Y la persona molesta nos interrumpe.

Y entonces hay una santa duda que nos debe venir a la mente: ¿Y si Dios se sirviera de esta persona? ¿Y si Dios para interrumpir el programa de nuestra vida -que es nuestro y no el suyo- si Dios se sirviera de personas que entorpecen nuestro ritmo, para que dejemos de andar a nuestro ritmo y andemos al ritmo de Dios? Porque el ritmo de Dios es la paciencia. El ritmo de Dios es la lentitud a la ira. Lento a la ira. Este es el ritmo de Dios.

Las personas molestas, etc. etc. nos obligan a que no seamos eficaces (efectivos). Desde el punto de vista de nuestro programa, es algo dramático («sacerdote», «levita» de la parábola del Buen Samaritano). Pero desde el punto de vista espiritual, son una gracia extraordinaria para doblar nuestro corazón. Nosotros nos enamoramos de nuestros ritmos, de nuestros objetivos, de nuestras rutinas, de nuestros proyectos, y muy frecuentemente los defectos de los otros son enviados de la Providencia para que aprendamos la humildad, para que aprendamos a estar con los pies sobre la tierra, para que entendamos que las cosas van bien si Dios nos ayuda, y no si nosotros somos eficaces. Cuantas veces llegamos a ser duros, intransigentes, no se nos puede hablar, porque tenemos en la cabeza un objetivo y no vemos otra cosa.

Dios en su misericordia ha previsto que en el mundo haya pecado. Y el pecado nos llega encima. Y nos llega encima el mal de alguien.

El Señor Jesucristo acoge el mal y lo restituye transformado. Nosotros en cambio tomamos el mal como un error o un escándalo que hay que desechar y no como una oportunidad de ser como el Padre, que es paciente.

Y muchas veces frustramos el plan de Dios sobre nosotros. Entristecemos al Espíritu Santo. Desaprovechamos las gracias que Dios nos manda. Y Dios recalcula el recorrido una vez más y retoma el camino para salvarnos, a pesar de nuestras oposiciones. ¡Cuanto somos molestos para Dios! ¡Cuanto somos molestos para Jesucristo! Para este Pastor que debe dejar de apacentar el rebaño y debe dejar las 99 ovejas, debe dejar todos sus proyectos y andar a buscar aquella oveja que se ha perdido.

Es molesta esta oveja, pero qué alegría encontrarla.

Así es Dios. A Él le interesa encontrarnos, a Él le interesa cargarnos (soportarnos) sobre los hombres. ¡Cuanta molestia, cuanto mal ha padecido Cristo de parte nuestra! Pero Él dice: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».

***

Se trata de descubrir que todos nosotros somos soportados y sostenidos por Dios. Todos somos ese pueblo de Dios en el desierto, esa generación a la que Dios tuvo que soportar durante cuarenta años: «Como un águila que revolotea sobre el nido y anima a sus polluelos a volar, así el Señor extiende sus alas, los toma y los lleva sobre sus espaldas» (Dt 32, 11).

Este soportar-sostener divino se ha cumplido cabalmente en Cristo que, por voluntad del Padre, «sobre el madero de la cruz, llevó nuestros pecados en Su cuerpo», cargando con el peso de nuestros males. Somos salvados porque hemos sido soportados por Cristo, todos nosotros «seres insoportables».

***

Pacientemente

Es importante ese (adverbio) soportar «pacientemente» / «con paciencia» a las personas molestas. Porque muchas veces a las personas molestas las soportamos, esperando que se vayan y nos dejen en paz, que dejen de fregar.

En esta obra de misericordia se insiste en la paciencia.

Paciencia no es pasividad. No es resignación. No es complicidad con la injusticia, con el abuso o con la violencia. Una paciencia que se convierte en pasividad ante el mal, no es virtud, no es humana ni evangélica: es construir un infierno.

Soportar con paciencia (padecer) es aprovechar ese dolor (molestia) para convertirlo en un bien. Es negarse a responder al mal con el mal.

¿Qué es la paciencia? La paciencia es saber esperar (en nuestra comprensión ordinaria). Algo que yo espero. Un bien que yo espero y que esta cosa (esa molestia) no niega. O sea yo me encuentro ante una persona que me molesta, que me interrumpe, que me está fregando, que me hace perder tiempo, me hace perder mi plan, mi programa.

La paciencia es decir: «yo estoy  esperando algo tan importante que puede pasar (que puede llegar) incluso a través de esto». Es decir: la paciencia es aceptar un precio, un costo, para conseguir algo muy bello.

El poder padecer en vista de algo. Hay otra frase de Francisco de Asís que es muy interesante: «Tan grande es el bien que espero que cualquier dolor me es llevadero». Tan grande es el bien hacia el cual yo me dirijo que la pena -que es el camino de este bien- me resulta incluso agradable. Porque sé que me llevará al bien.

***

Personas molestas son nuestros maestros

¿Cuando la persona molesta es insoportable? Cuando he perdido el camino hacia el bien.

¿Cuando la persona molesta es soportable? Cuando no la considero extraña, ajena al bien que yo estoy persiguiendo.

¿El bien cual es? ¿El objetivo cuál es? Nosotros vivimos para aprender a amar. Esta es la tarea fundamental de nuestra existencia. Nacimos para amar.

Entonces no es ajeno a este reto nuestro el hecho de que alguien me moleste. Que alguien me interrumpa. Que alguien me este fregando.

Es precisamente el camino en donde crecemos.

Nosotros queremos tener paciencia para soportar a las personas insoportables.

Pero en realidad las personas insoportables nos enseñan la sabiduría. Están en función del crecimiento de mi corazón. Si yo decido de crecer. Si mi espera está bien orientada.

¿Qué espero? Espero hacer en paz mis cosas? ¿O espero llegar a saber amar? ¿A perder a mí mismo al saber amar? Si lo que espero es eso, si mi meta es esa, pues no es así absurda la idea de que alguien nos ponga a la prueba. Que alguien nos exaspere un poco.

Construir el amor implica paciencia. Porque construir implica paciencia.

Nacimos para aprender el arte del amor verdadero.

Las personas molestas son maestros perfectos. Son ejercicios óptimos. Si un atleta se debe preparar a vencer en una competencia, es mejor que le pongan pruebas serias. Entrenamientos duros, serios.

Nosotros debemos llegar a ser como Jesucristo y… nos lamentamos cuando Dios nos da la oportunidad.

Soportar con paciencia a las personas molestas, antipáticas, pesadas, está en línea con el amor al enemigo (Mt 5, 38-48, Lc 6, 27-35; 1 Cor 13, 7). E implica un esfuerzo, un trabajo interior de aprender a conocer y a amar al enemigo que llevamos dentro: lo que en nosotros hay de molesto, lo que nos resulta insoportable a nosotros mismos y que Dios, en Cristo ha soportado pacientemente amándonos de manera incondicional.

De esta manera la paciencia es una puerta abierta al futuro mejor para el otro «molesto» (ese otro molesto puedo ser yo), es confirmar la confianza en él, es luchar con él contra la tentación de la desesperación. Por algo dice san Pablo: «Ayúdense mutuamente a soportar las cargas los unos de los otros, y de esa manera cumplirán la ley de Cristo» (Gal 6, 2). «Sean humildes y amables; tengan paciencia y sopórtense unos a otros con amor» (Ef 4, 2).

***

Dios en su misericordia nos ha regalado a nuestras personas molestas.

Tengámoslas cerca de nosotros.

Porque si las perdamos a ellas, quizá también perderemos la vía del amor.


Versión imprimible


[1] Adaptado de: Fabio Rosini, Prendersi cura del cuore: le Opere di Misericordia Spirituale — Luciano Manicardi, La fatica della carità — Pier Luigi Leoni e Mario Tiberi, Sopportare pazientemente le persone moleste: Riflessioni sulle quattordici opere di misericordia —


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