La cuarta obra de misericordia espiritual —

12 de septiembre de 2016 — Deja un comentario

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La cuarta obra de misericordia espiritual:

Perdonar las ofensas


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Por Thomas M. Huckleberry [1]

1. [la vida] Cristo resucitado que se manifiesta a los discípulos mostrando las heridas de la crucifixión en su cuerpo y donando a los discípulos el Espíritu Santo que les permitirá perdonar los pecados (Jn 20, 19-23), revelando así que perdonar significa donar a través de los sufrimientos y el mal padecido, significa hacer también del mal recibido la ocasión de un don.

En el perdón no se trata de atenuar la responsabilidad de quien ha cometido el mal: el perdón perdona precisamente lo que no tiene excusa, lo que es injustificable: el mal cometido, que permanece siendo tal, como permanecen las heridas del malherido. El perdón no quita la irreversibilidad del mal padecido, pero lo asume como pasado y —haciendo prevalecer una relación de gracia sobre una relación de desquite— crea las premisas de una renovación de la relación entre ofensor y ofendido.

El perdón por lo tanto se opone al olvido y supone un trabajo de la memoria: se puede perdonar sólo lo que no ha sido olvidado. Sigmund Freud afirma que lo que el paciente no recuerda, lo repite. El recuerdo del mal padecido abre el camino al perdón en la medida en que elabora el sentido del mal padecido: nosotros de hecho no somos responsables de la existencia del mal o del hecho de haberlo padecido injustamente (y quizá en la infancia o en situaciones de nuestra absoluta impotencia para defendernos o posiblemente de parte de las personas de quienes deberíamos poder esperar sólo bien y amor), pero somos responsables de lo que hacemos con el mal que hemos padecido.

El trabajo con los recuerdos que desemboca en el perdón puede liberar al ofendido de la necesidad de repetir, que lo llevaría a su vez a cometer y a devolver a los demás el mal que él ha padecido en su momento. Detrás del acto con el cual una persona perdona ya hay la sanación de la memoria: dejamos de ser víctimas del recuerdo endurecido y obstinado que se convierte en fijación (obsesión), no quedamos a merced del resentimiento, prisioneros de la sombra larga del mal padecido, rehenes de nuestro pasado. A la vez el perdón implica «soltar», «dejar ir», «romper»: no el recuerdo, sino la deuda contraída por quien ha cometido el mal.

La ofensa no se puede olvidar ni disimular, pero es necesario romper con la Ley del Talión (Ex 21, 24: «Ojo por ojo, diente por diente»). Eso implica trabajar la memoria: liberarnos del resentimiento y del rencor debidos a un exceso de memoria; y liberarnos de la supresión (eliminación) del pasado para no hacer frente a él.

***

2. [la Palabra] La historia de la revelación bíblica es también la historia de la revelación del Dios «capaz de perdonar» (Ex 34, 6-7; Sal 86, 5; 103, 3), que en la práctica de humanidad de Jesucristo —en su vivir y en su morir— ha revelado la extensión y la profundidad de su amor por los seres humanos, un amor que incluso de la ofensa recibida hace la ocasión no de juicio o de condena, sino de amor (Mc 2, 5; Lc 7, 36-50; 23, 34; Jn 8, 11). En Cristo, muerto por nosotros mientras éramos pecadores (Rm 5, 6-10), el perdón ya está dado a cada hombre, y por lo tanto también la oportunidad de vivirlo.

Ser perdonados significa descubrirse amados en el propio odio. El hijo pródigo dará el nombre de perdón al amor fiel e inmutable del padre que lo ha esperado siempre y estaba cerca de él también mientras él se estaba alejando de casa y lo consideraba simbólicamente muerto al pedirle de manera anticipada la herencia (Lc 15, 11-32).

Esto significa que el perdón precede y fundamenta el arrepentimiento que sólo puede surgir al haberse percatado de ese amor unilateral, gratuito e incondicionado, anterior a todo nuestro «mérito».

Ahora la comunidad cristiana es llamada a ser el lugar del perdón: «Perdónense mutuamente como Dios los perdonó a ustedes en Cristo» (Ef 4, 32). Y la oración cotidiana del cristiano, haciendo eco de las palabras del Sirácides («Perdona a tu prójimo el daño que te ha hecho, y cuando reces, tus pecados te serán perdonados»: Sir 28, 2), vincula la petición del perdón divino con la práctica del perdón al hermano (Mt 6, 12; Lc 11, 4).

***

3. [la vida nueva] Ciertamente el camino del perdón es largo y fatigoso. Podemos señalar sus etapas psicológicas y espirituales dentro de un camino personal.

Para no ceder al mal que hemos sufrido y que podría continuar a atarnos a él impidiéndonos proyectarnos hacia el futuro, es necesario sobre todo renunciar a la voluntad de vengarnos, de tomar represalias en contra del ofensor. Ceder ante esta tentación equivaldría a entrar en la espiral del mal de la cual no se pretende salir. Equivaldría a renunciar para siempre a reconciliarnos.

Entonces es necesario reconocer que se sufre por el mal infligido, reconocer la propia herida y la propia pobreza. O sea se trata de reconocer que el mal infligido nos quitó aquella integridad que hubiéramos podido tener, y nos ha afectado, nos ha hecho más vulnerables, porque nos ha vulnerado; más pobres, porque hemos perdido irremediablemente algo. El mal padecido realmente ha matado una parte de nosotros, una posibilidad de vida que habríamos tenido si no hubiera sucedido lo que ha sucedido. La historia de José y de sus hermanos es emblemática: José realmente ha perdido una posibilidad de vida a causa de la obra de sus hermanos (Gen 37-50).

Esencial en el camino de sanación del mal recibido es entonces el poder compartir con alguien el propio sufrimiento. Abrir la herida, contar el propio sufrimiento a quien sabe escuchar con amor y participación significa ser liberados de la penosa sensación de absoluta soledad que alimenta en sí mismo quien ha sufrido el mal: de tal manera se experimenta que el peso del propio sufrimiento es compartido por alguien más.

Así pude iniciar un proceso de reconciliación con la imagen del otro que no queda secuestrada unilateralmente por la imagen negativa y odiosa del ofensor. Ahora tenemos junto a nosotros también un rostro amigo y acogedor.

Es necesario luego identificar la pérdida (dar el nombre a) lo que se ha perdido con el mal padecido: sólo así se pude hacer el duelo por la pérdida y asumirla como parte de nuestra historia. De hecho existen males sufridos que nosotros suprimimos impidiéndonos así mirarlos a la cara y aceptarlos. Pero así seguimos siendo prisioneros de ellos.

Aceptar la ira. También es importante en este itinerario, por una parte, aceptar el hecho de que nosotros quisiéramos pagar al ofensor con la misma moneda, y por otra parte, dar a la ira el permiso de existir en nosotros para logar expresarla. En realidad, perdonar no es natural: nos resulta mucho más fácil la venganza, el desquite, la represalia.

Otra etapa importante es el necesario perdón a uno mismo. A menudo el mal infligido, sobre todo por personas amadas y cercanas, produce en nosotros sentimientos de culpabilidad que fácilmente pueden paralizarnos y esclavizarnos: no nos perdonamos por haber iniciado una relación que resultó ser un infierno, por habernos metido en situaciones que nos llevaron a callejones sin salida, por haber soportado demasiado tiempo situaciones insoportables… Un justo y sano amor a uno mismo exige que sepamos perdonarnos a nosotros mismos. Si uno no se reconcilia con uno mismo, será difícil hacerlo con otro. Si el perdón es parte del amor al enemigo, ¿cómo será posible amar al enemigo fuera de nosotros, si no iniciamos por amar al enemigo que está dentro de nosotros?

Entonces se podrá también comprender al mismo ofensor. «Comprender» no en el sentido de justificarlo, sino de  comprender el «porqué» de su comportamiento y mirarlo como un ser humano y un hijo de Dios: entonces se abrirá el camino al perdón como acto en el que reencuentro a aquel ya es mi hermano, pero que el mal ha alejado de mí.

Una etapa más será encontrar un sentido al mal recibido: si los acontecimientos pasados son imborrables, el sentido de lo sucedido —lo que hemos hecho o lo que hemos padecido— no queda fijado de forma definitiva. En el perdón el mal no tiene la última palabra: la muerte no triunfa sobre la vida y la reconciliación puede surgir como el resultado final del proceso. El perdón nos hace entrar en la dinámica pascual.

Pero después, en este camino, para el cristiano es fundamental descubrirse perdonado por Dios en Cristo. Y esto hará que el acto de perdón que se realizará no será en primer lugar (o solamente) un acto de voluntad, sino la apertura al don de gracia del Señor.

Abrirse a la gracia del perdón. Finalmente, el perdón, una vez concedido, puede reabrir la relación y entonces puede darse la reconciliación. Puede. No está garantizado que se dé: el perdón siempre puede ser rechazado. Pero el perdón, una vez ofrecido (con aquella fuerza que tiene la expresión «yo te perdono»), no sabemos cómo actuará en el corazón y en la mente del «ofensor» que ya es el «perdonado».

Y aquí aparece un aspecto del perdón que lo asemeja al poder paradójico de la cruz. El perdón es omnipotente, en el sentido de que todo puede ser perdonado («puede», no «debe»: la grandeza del perdón consiste en la libertad con la que fue ofrecido), a la vez el perdón es infinitamente débil, porque nada asegura que el ofensor dejará de hacer el mal. En este sentido el perdón cristiano puede ser comprendido verdaderamente sólo a la luz del escándalo y de la paradoja (absurdo) de la cruz, donde el poder de Dios se manifiesta en la debilidad del Hijo. Cristo crucificado desde la cruz ofrece el perdón a quien no lo pide, viviendo la unilateralidad de un amor asimétrico que es la única manera para abrir a todos el camino de la salvación.

Reflejo de la Pascua, el perdón cristiano tiene que ver más con la presencia creadora de Dios que con la ética/moral: donde hay perdón, ahí está el Espíritu de Dios, ahí Dios reina, ahí Cristo se hace presente.


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[1] Adaptado de: Luciano Manicardi, La fatica della carità —


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