La primera obra de misericordia corporal —

12 de septiembre de 2016 — Deja un comentario

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La primera obra de misericordia corporal:

Visitar a los enfermos


Versión imprimible

Por Thomas M. Huckleberry [1]

La 1ª obra de misericordia corporal nos invita a visitar a los enfermos, no como un gesto de cortesía o un mero acto social, sino como una oportunidad para estar y caminar con el que sufre. Si bien es cierto que la enfermedad puede aislar y convertirnos en socialmente invisibles, la visita consuela y dignifica a los que sufren. ¿Cuántas veces un oído atento y un corazón comprensivo bastan para aliviar la angustia y la soledad del enfermo!

Se dice en el Talmud (una obra que recoge las discusiones de los rabinos sobre las tradiciones judías, costumbres, dichos etc.) que «quien visita a un enfermo le quita una sesentava parte de su dolor».

Pero «visitar a los enfermos» puede ser también una oportunidad de crecimiento para los que realizan esta obra de misericordia, en la medida en que hacerla puede contribuir al auto-conocimiento, a jerarquizar las prioridades y relativizar lo accesorio.

Porque en realidad también el que visita carga con sus propias enfermedades y heridas: de manera que en medio de nuestro sufrimiento podemos convertirnos en una fuente de vida para los demás.


El rabino Yoshua ben Leví se acercó al profeta Elías y le preguntó:

— ¿Cuándo vendrá el Mesías?

— Vete y pregúntaselo tú mismo— le respondió el profeta.

— ¿Dónde está?— Sentado a las puertas de la Ciudad.

— ¿Y cómo lo conoceré?

— Está sentado entre los pobres cubiertos de heridas. Los demás se descubren sus heridas todas a la vez y se las vendan de nuevo. Pero él se levanta los vendajes uno a uno y se los va colocando de nuevo, uno a uno, diciéndose a sí mismo: «Quizá vayan a necesitarme. Si es así, tengo que estar siempre preparado, de tal forma que no tarde un instante en aparecer».


El sanador herido cura sus heridas. Las descubre, las cura y las vuelve a vendar. Pero lo hace una a una, con calma, para poder estar libre de ir a ayudar al que está también herido y le necesita. No trata de curar todo lo que le hace falta antes de salir. Porque sabe que la necesidad de los demás podría sorprenderlo ocupado en sus propias cosas.

Siempre dispuesto a ir a ayudar. Siempre atento para ver dónde hace falta su presencia. En realidad todos somos llamados a ser ese sanador herido. Pero a veces nos ocupamos en exceso de nuestras propias heridas y no estamos en condiciones, no estamos listos para ir a curar al que nos necesita. A veces nos vemos molestos cuando nos rompen nuestros planes, cuando nos sacan de nuestra agenda, cuando nos interrumpen buscando nuestra presencia. A veces tenemos la tentación de huir a un lugar lejano y tranquilo donde nadie nos moleste.

Porque en realidad, el sufrimiento, la enfermedad o la discapacidad molestan, incomodan y nos dejan sin palabras. No es fácil estar delante o al lado de los que han perdido el futuro, sea por la desesperación del dolor o por la falta de perspectiva de curación. Y muchas veces hay también la rebeldía de quien no entiende ni acepta…

Por otro lado, para el creyente, pensar en la enfermedad como un castigo supone una angustia y aleja de un Dios que se revela como Padre y Amor. Recordemos a Job. Sufre de la pérdida de la salud, la familia y la propiedad, pero sufre también porque tiene que escuchar a quienes lo visitan que hablan de un Dios castigador.

Job es el ejemplo de quien sufre sin tener culpa alguna y se niega aceptar que su enfermedad sea el resultado de algún pecado que nunca cometió y que sus amigos tratan de presentar como justificación de su situación.

El gran teólogo Romano Guardini, en su lecho de muerte, dijo: «El día del juicio responderé a las preguntas que Dios me hará. Pero también yo le haré algunas preguntas: ¿por qué el sufrimiento de los inocentes?». En este sentido, estar en la presencia del enfermo es estar en la presencia del misterio.

La visita al enfermo necesita de tranquilidad capaz de establecer una gradual comunicación y apertura y aumentar la confianza mutua. Por otro lado, la atención del visitante también debe tomar en cuenta a los que cuidan a los enfermos: padres, hijos, familiares, amigos, enfermeras, médicos, voluntarios que durante años cuidan, alimentan o acompañan a quien no tiene fuerzas o se encuentra limitado por enfermedades que lo privan de su autonomía.

Visitar, asistir significa «escuchar» al enfermo, dejar que sea él quien guíe la relación, no hacer nada que el enfermo no consienta. El enfermo es el maestro. El visitante debe ponerse a la escucha profunda del enfermo. El visitante debe «retirarse» para hacer el espacio para el enfermo.

El término «visitar» puede hacer pensar que la obra termina con el alejarse del paciente. Pero hay un vínculo y una cercanía que se establecen y que pueden continuar a través de la oración, el interés por estar al tanto de la situación, el deseo de volver a ver al enfermo y ayudarlo en lo que necesite: comida, bebida, medicamentos, etc. e incluso la limpieza y el orden de la casa.

En Mateo 25, 31-46 el Rey se identifica con el enfermo: no con el visitante. El enfermo tiene una dignidad que debe ser reconocida, ya que es Cristo mismo. En este sentido el enfermo es «sacramento de Cristo». Lo cual exige del visitante que descubra en su encuentro con el enfermo [pobre y desvalido] un camino que pueda conducirlo a asemejarse con Cristo que «siendo rico, se hizo pobre» (2 Cor 8, 9).


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[1] Adaptado de: Luciano Manicardi, La fatica della carità — Henri J.M. Nouwen, El Sanador herido —


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