JuanBautista

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MONICIÓN DE ENTRADA

La liturgia de este tercer domingo de Adviento nos llama a estar alegres porque el Señor ya viene y la Navidad ya está próxima.

Es posible que nosotros tengamos motivos personales para estar cansados, abatidos o tristes y que el ambiente colorido de calles y tiendas nos agobie.

Precisamente por eso debemos enterarnos de que el Señor viene a curar a los de corazón quebrantado y a anunciar la Buena Nueva a los pobres, el perdón a los cautivos y la libertad a los prisioneros.

Dejémonos iluminar por la luz del mensaje profético de este día y participemos en esta Santa Misa con gozo y con alegría que sólo Dios puede darnos.

ORACIÓN UNIVERSAL

Oremos, hermanos, a Jesús, luz y esperanza nuestra.

A cada petición diremos: ¡Danos tu alegría, Señor!

1. Por el Papa, los obispos y los sacerdotes: para que muestren al mundo la alegría del evangelio. OREMOS

2. Por nuestros gobernantes: para que el Señor dirija sus pensamientos y acciones hacia la justicia, la libertad y el bien de todos, especialmente de los más débiles. OREMOS

3. Por los agentes de pastoral de nuestra Comunidad: para que irradien la alegría de sentirse hijos de Dios. OREMOS

4. Por los matrimonios cristianos y por todas las familias: para que estén siempre alegres y constantes en oración. OREMOS

5. Por los que se hunden en la tristeza: para que la alegría de los creyentes les comunique esperanza. OREMOS

6. Por los enfermos: para que los ángeles del Señor les lleven consuelo. OREMOS

7. Por nosotros: para que llevemos la alegría de la Navidad a quienes más la necesiten. OREMOS

Ven, Señor, Tú que traes la paz y la alegría al mundo. Ven a salvarnos. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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MONICIÓN INICIAL

Hoy, como Iglesia que peregrina en México, unida a todas las iglesias de nuestro Continente, celebramos la Solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe, Madre de las Américas y Estrella de la Nueva Evangelización.

Ella nos ha traído a su Hijo y nos lo ha mostrado con todo su amor, comprensión, auxilio y defensa.

En nuestro camino de Adviento hacia el encuentro con Cristo, Ella nos acompaña y nos prepara para recibir al Hijo amado del Padre y para que Él sea -con plena verdad- en nuestra vida, el «Dios con nosotros».

Participemos con gozo en esta Eucaristía invocando sobre nosotros y sobre nuestra Patria la intercesión de la «Madre del verdadero Dios por quien se vive».

ORACIÓN UNIVERSAL

Por intercesión de Nuestra Señora de Guadalupe, imploremos la misericordia de Dios para nosotros y para el mundo entero.

A cada petición diremos: ¡Escúchanos, Padre!

1. Por la Iglesia de México: para que sea vivo reflejo de aquella santidad que resplandece en la Santa Madre de Dios. OREMOS

2. Por nuestra Patria dañada por la violencia, el miedo y la inseguridad: para que renazca entre nosotros la esperanza, la justicia y la paz. OREMOS

3. Por nuestras familias: para que aprendamos a querernos más y nos ayudemos a crecer en la fe y en la esperanza. OREMOS

4. Por los que sufren y se sienten decaídos: para que la fortaleza de María sea su consuelo y refugio. OREMOS

5. Por los que han muerto a causa de la violencia en nuestro País: para que sean recibidos en la región de la luz y de la paz. OREMOS

6. Por nosotros: para que experimentemos siempre la protección de Nuestra Señora de Guadalupe y colaboremos eficazmente a la prosperidad de nuestra Patria. OREMOS

Padre santo, escucha las peticiones que te dirigimos, asístenos por la intercesión de Santa María de Guadalupe, Madre de este pueblo tuyo, y concédenos lo que con fe te hemos pedido. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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MONICIÓN DE ENTRADA (opción 1)

Celebramos hoy el segundo domingo de Adviento: un paso más hacia la Navidad. Y la Liturgia nos urgirá a preparar el camino para el Señor que viene.

Que vendrá a nuestra vida como un ladrón, o sea inesperadamente.

Que vendrá para robarnos. Para despojarnos de lo que nos cierra a Dios.

Para quitarnos lo que nos impide verlo.

Para robarnos lo que nos impide reconocerlo y recibirlo.

Él vendrá para destruir lo viejo: nuestro viejo mundo, nuestras viejas costumbres, nuestros modos de pensar egoístas, los obstáculos que nos separan unos de otros y nos impiden encontrarnos como hermanos.

Él vendrá.

Y su llegada será el inicio de un cielo nuevo y de una tierra nueva: de un mundo habitable, que todos anhelamos en lo más profundo de nuestras almas.

MONICIÓN DE ENTRADA (opción 2)

Celebramos el segundo domingo de Adviento: un paso más hacia la Navidad.

Y muy oportunamente -en la Liturgia de hoy- la voces enérgicas del profeta Isaías y de Juan el Bautista nos llaman a la acción: a preparar el camino para el Señor que viene a salvarnos.

Arreglar las calles y las habitaciones de nuestro corazón.

Quitar los obstáculos que nos separan unos de otros.

Abrir caminos nuevos de generosidad.

Cambiar nuestras actitudes personales y sociales egoístas.

Construir puentes de comunión y de diálogo.

Para que este año

                    todo el mundo

                             pueda experimentar

                                      la alegría de la Navidad.

ORACIÓN UNIVERSAL

Oremos al Señor que vendrá lleno de poder para purificarnos con el fuego de su Espíritu.

A cada petición diremos: ¡Ven, Señor Jesús!

1. Por la Santa Iglesia de Dios: para que llena del Espíritu Santo proclame a todos los hombres la salvación que Cristo viene a traernos. OREMOS

2. Por nuestra Patria: para que la venida del Señor nos traiga la paz, apague los odios y ponga fin a la violencia. OREMOS

3. Por los que sufren o viven tristes: para que la venida del Señor les traiga fortaleza y alegría. OREMOS

4. Por los que nada esperan y por los que sólo tienen afanes materiales: para que encuentren luz en su camino. OREMOS

5. Por nosotros y por nuestra Comunidad: para que durante este Adviento allanemos los caminos de la fraternidad con signos de solidaridad y justicia. OREMOS

Señor Jesús, ven a traernos la plenitud de lo que nos has prometido y muéstranos tu bondad, para que produzcamos fruto. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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MONICIÓN INICIAL (opción 1)

Comenzamos un nuevo año cristiano con el Adviento.

Este tiempo cargado de esperanza que nos ofrece la Iglesia como preparación para celebrar con gozo el Nacimiento de nuestro Salvador.

Es un tiempo de alegría. Pero también tiempo favorable para cambiar de mentalidad.

Vivir la conversión.

Hacer gestos significativos de fraternidad.

Y dar frutos de justicia.

Es lo que el Señor espera de nosotros.

Con el corazón alerta participemos en esta Celebración Santa y recibamos con gozo al Señor que viene a salvarnos.

MONICIÓN INICIAL (opción 2)

Iniciamos el Adviento.

Tiempo de espera.

Vigilante y alegre espera del Señor que vendrá para juzgar a vivos y muertos.

A la vez nos preparamos para revivir el misterio de Su primera venida:

la celebración de Su nacimiento en el portal de Belén.

***

El Evangelio de hoy nos dirá que estemos alerta. Que no vivamos dormidos.

Porque Aquel que ha de venir, quiere ser esperado.

Quiere que estemos despiertos y bien dispuestos a recibirlo, cuando venga.

***

Estemos pues atentos.

Estemos alerta.

Para que podamos verlo.

Porque ahora,

en esta Santa Misa,

Él también viene,

en su Palabra y en su Cuerpo.

ORACIÓN UNIVERSAL

Alegres por el anuncio de la venida del Señor, oremos, hermanos, a Dios nuestro Padre.

A cada petición diremos: ¡Ven a visitar tu pueblo, Señor!

1. Por nuestra Madre la Iglesia: para que sea lámpara encendida que ilumina las esperanzas de los hombres. OREMOS

2. Por nuestra Patria: para que renazcan entre nosotros la esperanza, la prosperidad, la justicia y la paz. OREMOS

3. Por los hombres y mujeres que caminan por la vida sin meta ni objetivo: para que encuentren al Dios que nos mantiene despiertos y nos llama a la vida en plenitud. OREMOS

4. Por los que sufren a causa de la enfermedad, el desempleo o la pobreza: para que encuentren consuelo en el Señor y ayuda oportuna en nuestro amor concreto. OREMOS

5. Por aquellos que durante este año se alejaron de la Iglesia: para que este Adviento vuelvan a Casa. OREMOS

6. Por los que en otros años celebraron el Adviento con nosotros y ya no están: para que Dios premie su fidelidad, perdone sus faltas y los reciba en la Asamblea de los Santos. OREMOS

7. Por nosotros y por nuestra Comunidad: para que en este Adviento vivamos despiertos en la fe, firmes en la oración y atentos a las necesidades de los demás. OREMOS

Escucha, Padre todopoderoso, nuestras oraciones y derrames sobre nosotros los dones de tu gracia, para que quienes confiamos en la venida de tu Hijo, nos veamos libres de todo mal. Por Jesucristo nuestro Señor.

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MONICIÓN DE ENTRADA

Hoy –el último domingo del Año Litúrgico– nuestros ojos se fijan en Jesucristo: Rey y Señor del Universo.

Él viene a nosotros como Pastor. Para velar por su rebaño.

Y viene también como Juez. Para juzgar a los hombres.

Nuestra vida será evaluada. Nos espera un juicio donde saldrá a flote  la verdad de nuestra vida.

Este juicio sucede todos los días.

Cada vez que alguien se cruza en nuestro camino.

¿Seremos capaces de interpretar la presencia del otro como la presencia del Dios que nos juzga?

***

***

Hoy también es el Día del Seminario.

Una gran oportunidad para expresar nuestra cercanía, cariño y solidaridad con los seminaristas.

Para orar por ellos y apoyar al Seminario de nuestra Arquidiócesis.

Para que los futuros sacerdotes no se desanimen ante las tentaciones y contrariedades.

Y para que Dios nos bendiga con pastores santos. Que nuestra Comunidad merece y necesita.

ORACIÓN UNIVERSAL

Llenos de confianza, dirijamos nuestras súplicas a Cristo Rey del Universo y Señor de nuestras vidas.

A cada petición diremos: ¡Venga a nosotros tu reino, Señor!

1. Por nuestra Iglesia de León: para que el Señor le conceda la alegría de las vocaciones al ministerio sacerdotal. OREMOS

2. Por los que tienen autoridad y poder: para que, a ejemplo de Cristo Rey, lo ejerzan como un servicio, defendiendo a los más pequeños y vulnerables de nuestra sociedad. OREMOS

3. Por los que pasan hambre o sed, por los extranjeros, los indigentes, los enfermos y los presos: para que encuentren consuelo en el Señor y ayuda oportuna en nuestro amor fraterno. OREMOS

4. Por las familias cristianas: para que sean hogares de amor y de fe, donde los hijos encuentren el ambiente favorable para el nacimiento y desarrollo de la vocación sacerdotal. OREMOS

5. Por nuestros jóvenes: para que de entre ellos surjan líderes que la Iglesia y el mundo de hoy necesitan. OREMOS

6. Por nuestros seminaristas: para que perseveren en su vocación y se preparen con entusiasmo para un día servir al Pueblo de Dios como pastores según el corazón de Cristo. OREMOS

7. Por nuestros difuntos: para que sean recibidos en el Reino de la luz y de la paz. OREMOS

8. Por nuestra Comunidad parroquial: para que la caridad fraterna destruya los poderes del mal y Cristo sea Rey y Señor de nuestras vidas. OREMOS

Escucha, Padre, la oración de tu familia y concédenos lo que te hemos pedido. Por Jesucristo nuestro Señor.

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El fascinante mundo de la conversión: Qué nos dice hoy la parábola del hijo pródigo -

La parábola llamada “El hijo pródigo” no está destinada a las prostitutas ni los pecadores, sino a los que tienen la acti­tud de “los fariseos y los maestros de la ley”, que criticaban al Señor diciendo: “Este recibe a los pecadores y come con ellos” (Lucas 15,2).

Las palabras de Jesús se dirigen a los que observan la Ley, que se creen no sólo buenos, sino mejores que los demás y hasta con el derecho de juzgarlos y condenarlos.

El Evangelio nos pinta la figura de un padre cuyos hijos se alejaron de su casa. Uno se fue a “un país lejano” mien­tras que el otro se iba todos los días a trabajar en la viña. Ambos precisaban conversión. Para adentrarnos en el fasci­nante mundo de la conversión, primero consideraremos lo que no es la conver­sión, para después internarnos en las fronteras de este deslumbrante misterio.

La casa del padre, pero no el padre de la casa. El hijo mayor, parece que estaba convertido, pues cumplía su santo deber y obedecía las órdenes de su padre. Pero el texto evan­gélico nos refiere que aquella tarde de música y danzas “se acercó a la casa”, mientras que el hijo menor decidió “volver a su padre”. Existe una tremenda diferencia entre ambas actitudes, que nos ayuda a no confundir la esencia de la conversión. No es lo mismo “acer­carse a la casa” que “volver a su padre”. También los siervos y esclavos cumplen órdenes y acatan la voluntad de un amo o patrón.

El hijo mayor se acerca a la casa del padre, pero no al padre de la casa. Además, al día siguiente se volverá a ir. Para él no existe un padre, pues nunca lo llama de esa manera. A pesar de tra­bajar tanto, no se siente con el derecho de comerse un cabrito con sus amigos. Definitivamente, este hijo era quien necesitaba la conversión más difícil de todas, que no es pasar de pecador a justo, sino de justo a hijo.

Por eso, Jesús destina esta bellí­sima parábola a la gente buena que, por transformar la Ley de Dios en un lega­lismo, se enoja y hasta se decepciona por la actitud de Dios. El Maestro está preocupado por todos aquellos que cumplen la Ley, pero que no son felices.

El pan de su padre, pero no todavía el padre del pan. La precaria situación del hijo menor, al lado de los puercos, le hizo recordar la generosa mesa de la casa paterna, donde sobraba el alimento para todos los siervos, en vez de las petrificadas algarrobas que le negaban. Dentro de sí, comenzó a saborear el pan recién salido del horno, que expedía el per­fume del trigo limpio.

Regresar por conveniencia perso­nal no es todavía conversión, porque la decisión está profundamente condicio­nada por las extremas necesidades del hambre. Hay gente que cumple man­damientos y órdenes, pero que vive enojada y privada de la alegría, porque aún no ha encontrado el tesoro escon­dido. Su vida cristiana sólo gira en torno a cumplir leyes y tradiciones.

Otros vuelven a Dios por intereses o carencias. Su Dios se reduce a alguien que resuelve sus problemas y satisface sus necesidades. Los que se sitúan en el centro de su sistema religioso son ellos mismos y Dios gira en su órbita.

¿Qué es lo esencial? Lo esencial no son los intereses por los que regre­san, sino cómo son recibidos. Ambos hijos regresan, pero lo que importa no son las motivaciones de su retorno, sino cómo cada uno es recibido, como más le convenía.

Al hijo menor no lo convirtieron los panes frescos, sino los abrazos y besos de su padre, la túnica, el vestido y el significado de ese anillo, que lo hacía otra vez administrador y heredero. Había perdido la capacidad de volver, pero realizó lo único que podía hacer: regresar hambriento. Lo demás fue obra de Dios. Más bien, fue convertido cuando el padre mandó matar el bece­rro cebado, para darle a entender que tenía la certeza de que regresaría.

Lo que lo convierte es la forma en que fue recibido. Tal vez él esperaba reclamos y que se le cobraran las fac­turas pendientes. Dentro de sí sabía y sentía que no merecía sino ser uno más de los muchos siervos que había en la casa y en la viña de su padre. Tampoco se le manda a bañar, aunque huele a asqueroso cerdo impuro, porque los besos paternos lo limpian y purifican. Fue allí donde conoció el verdadero corazón de su padre.

Dios no se deja influir por los intere­ses que tengamos cuando nos volvemos a Él. El motivo no importa, sino lo que Él puede hacer cuando regresamos. La esencia de la conversión es experimen­tar el amor de Dios; y aun más, saber que nuestra rebeldía y pecado no han impedido que el Señor nos siga amando. De esta forma, nuestro complejo de culpa o hasta la sutil soberbia de per­feccionismo se transforman en: “Le he fallado a Alguien que me ama de ver­dad”, más que “he transgredido las leyes y me van a castigar”.

Cambio de óptica. Estamos lle­gando a la esencia de la conversión: El hijo fugitivo no se fija en sus faltas ni en los castigos que merece por sus múl­tiples pecados; ahora se fija en alguien que lo ama de esa forma. En los brazos de su padre no se atormenta con com­plejos de culpa, sino por haber privado a su padre de su apoyo. Lo esencial no son los errores, sino la persona a la que su ausencia y lejanía le hicieron sufrir.

Por otra parte, el hijo mayor no es llamado a obedecer y cumplir órdenes, porque esto ya lo hacía desde antes. Regresa, pero su enojo y frustración tampoco son impedimento para que su padre lo reciba y acoja. El padre aban­dona la fiesta para salir a buscarlo.

Ante sus reclamos, aparentemente justos, el padre le dice dos cosas: Primero, lo llama “hijito”, no sólo “hijo”, mostrándole así una ternura especial, porque este hijo está necesitado de sen­tirse amado como un pequeño. ¿Será capaz este dardo de amor cariñoso de traspasar la coraza del legalismo?

Segundo, le dice “todo lo mío es tuyo”: Compartimos todas las cosas. Tu dolor es mío, pero también mis alegrías te pertenecen. Por lo tanto, también mi hijo que estaba muerto, es tuyo. O sea, la reconciliación con el padre alcanza necesariamente la reconciliación con el hermano.

Este hijo es recibido de forma dife­rente, porque su situación es distinta. Es su padre quien toca a las puertas de su corazón, llamándolo a la con­versión: “Lo esencial, hijito, no es que cumplas mis mandatos y órdenes, sino que seas feliz. Mi dicha no radica en que me consideres un legislador, sino un papá amoroso, cuya alegría es tu felicidad”.

El padre lo llama a la conversión, primero de siervo obediente a hijo feliz. ¿Por qué el padre no le dio un cabrito a su hijo, que era tan fiel al tra­bajo y no transgredía mandato alguno? De haberlo hecho así, el hijo hubiera supuesto que los dones paternos dependían de sus méritos personales y entonces acentuaría aún más esa acti­tud legalista para atraer la atención de su padre y ganar más presentes.

La plena conversión: Entrar a la fiesta. El hijo mayor no quería entrar a la fiesta, porque no consentía que el amor de su padre fuera tan grande y su perdón tan incondicional. No estaba de acuerdo en no cobrarle al hermano menor lo que despilfarró con prosti­ tutas y gentes de mal vivir. Había que darle un escarmiento, para que apren­ diera la lección. Pero si hace eso, el hijo, sí, cambiaría, pero más motivado por miedo al castigo y no porque se sintiera amado en forma incondicional.

El hijo mayor nos demuestra que la conversión no se reduce a cumplir las órdenes y mandamientos, ni siquiera a acercarse a la casa del padre, sino en vestirse de gala para entrar a la fiesta y compartir la alegría del padre.

El hijo menor nos revela que no basta llorar por los pecados cometidos, sino festejar el haber sido ya perdo­nado, porque allí radica la fuerza para nunca más volver a dejar la casa paterna. Quien ha experimentado esto, cumple aquella atrevida palabra de San Juan: “No puede seguir pecando” (1 Juan 3,9), porque está tan invadido y poseído por el amor de su padre que no tendrá jamás la tentación de privarse de su pre­sencia. La verdadera conversión sólo se da cuando nos dejamos amar por Dios.

En conclusión, cumplir las órdenes de Dios no es condición para convertir­nos, sino consecuencia de haber sido convertidos. Obedecer las leyes no es malo, claro que no; pero podría ser motivo para enojarnos y no entrar en la fiesta. Lo esencial no es el interés de nuestra venida a la casa paterna, sino los “besos sinceros” que purifican todas nuestras motivaciones impuras. Los abrazos, el vestido y el anillo superan nuestras mezquinas ambiciones, pues Dios nos da más de lo que nos motivó a regresar.

Así, lo que importa no es aquello por lo que volvemos, sino lo que Dios hace cuando regresamos. Sin embargo, la plena conversión sólo se da en la fiesta del Padre. No basta regresar ni tampoco trabajar en la viña. El signo de haber encontrado el tesoro escondido es la alegría que produce tal hallazgo. Por esa razón, no sería ociosa la siguiente pre­ gunta: ¿Cuántos católicos brillan con la alegría de haber encontrado el tesoro?

Dios toma la iniciativa, pero respeta nuestra libre decisión de dejarnos amar o no. Él es el protagonista que engorda el becerro, prepara la música y nos da el anillo de hijos herederos. Pero a cada uno le toca decidir si entra a la fiesta o escucha la música desde lejos.

El que no entra a la fiesta vive eno­jado, resentido y culpa a los demás de no ser feliz. Por eso, el grito que debe brotar desde lo profundo es: “Conviérteme, Señor, y me convertiré”, lo cual implica de nuestra parte dejar­nos amar por Dios.

JOSÉ PRADO FLORES -

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MONICIÓN INICIAL

Estamos ya en el Domingo 33 del Tiempo Ordinario.

El final del Año Litúrgico se acerca rápido.

Casi como un ladrón en la noche. Para activar esa necesaria esperanza con la que aguardamos la Venida de Aquel que ya está entre nosotros. Que nos reúne. Que nos fortalece. Que es nuestro Pastor. Y que nos prepara para esta Venida suya inesperada a través de esta Eucaristía.

Porque Él es también Aquel que ya viene. En su Palabra y en su Pan.

***

La Liturgia de hoy nos recordará que nuestra espera del Señor no puede ser una espera pasiva. Que cada uno de nosotros ha recibido algún talento, algún carisma, para ponerlo al servicio de los demás. Y que el Señor -cuando venga- nos preguntará: ¿Cómo lo aprovechaste? ¿Qué aportaste de bueno a tu vida? ¿Qué aportaste a la vida de los demás?

ORACIÓN UNIVERSAL

Poniendo nuestra vida en las manos de Dios nuestro Padre, presentémosle las necesidades de la Iglesia y del mundo entero.

A cada petición diremos: ¡Ten piedad de tu pueblo, Señor!

1. Por la Iglesia que peregrina en la Nación Mexicana: para que sea un vínculo de unidad y de paz entre todos los que habitan estas tierras. OREMOS

2. Por nuestra Patria dañada por la violencia, el miedo y la inseguridad: para que renazca entre nosotros la esperanza, la justicia y la paz. OREMOS

3. Por cuantos miran al futuro con temor: para que aprendan a esperar en Dios en quien vivimos, nos movemos y somos. OREMOS

4. Por quienes olvidan que somos hermanos y provocan sufrimiento y muerte: para que el Señor les de el don de la conversión. OREMOS

5. Por nuestros difuntos: para que puedan contemplar el rostro del Señor en el País de los vivos. OREMOS

6. Por nosotros: para que la participación en la Eucaristía dominical nos ayude a reconocer nuestros talentos personales y nos motive a ponerlos al servicio de los demás. OREMOS

Señor y Dios nuestro, acoge nuestra oración confiada. Mantén nuestros ojos abiertos a tu presencia, y a la vida y necesidades de nuestros hermanos. Y que los dones que nos has dado nos lleven a hacer tu voluntad. Por Jesucristo, nuestro Señor.